Bodas de Sangre en el Romea

Una crónica de Laura Sánchez Rubio

El Teatro Romea abre sus puertas para ofrecer un clásico de Federico García Lorca. Los asientos rojos resaltan en todo el teatro junto con las barandillas doradas adornadas con hojas del mismo color. El patio de butacas está lleno y el color rojo engulle los laterales de los palcos. Con las gradas no es distinto. Solo un grupo de jóvenes llena el centro de la zona. El murmullo ascendente de la gente se mezcla con las indicaciones de una acomodadora que trata de mostrar a unas chicas dónde se deben sentar.

De repente, una musiquita parecida a la de los supermercados hace callar a la gente. Suben el telón pintado y dejan ver un telón rojo con una R bordada en el centro. La voz por megafonía de un hombre se apodera del teatro, avisando de que solo faltan tres minutos para que la compañía “Teatro del matadero” entre en acción.

El teatro Romea no llegó a llenarse.

El teatro Romea no llegó a llenarse.

Al mismo tiempo, avisan de la normativa sobre el uso de cámaras o teléfonos móviles. El técnico de sonido quita la musiquita, los acomodadores empiezan a cerrar las puertas del teatro y la iluminación de la sala disminuye de forma considerable.

Los tres minutos han pasado como si de tres segundos se tratase. Megafonía avisa del comienzo de la obra y vuelve a recordar que no está permitido usar teléfonos móviles. Acto seguido, se abre el telón y la oscuridad se apodera de casi todo el teatro. En el escenario, tres hombres con una guadaña dan la espalda al público. Comienzan a andar hacia el fondo del escenario y detrás de ellos, un actor les sigue vestido una larga capa negra que le arrastra y con la que se tapa el rostro. El reparto de la obra comienza a andar por el escenario en distintas direcciones. Unos miran a los espectadores, como si estuviesen buscando a alguien. Otros dirigen una mirada sin más o comienzan a llorar. El actor de la capa negra se ha subido a unos escalones que hay al final del escenario y el resto de actores paran de moverse dirigiendo al público una mirada implacable, capaz de captar la atención del espectador más despistado. Una voz grave y masculina se adentra en los oídos de los espectadores: “Bodas de sangre. Federico García Lorca”, dice. Los actores desaparecen y una música integrada por instrumentos de cuerda aparece mientras preparan el decorado para la primera escena. La tragedia de Lorca ha comenzado y el crimen de Níjar se ve reencarnado en ella.

El técnico ilumina el escenario. Unos tablones – que sirven como decorado – consiguen dar el aspecto de una casa de la época. El actor Eduardo Martínez – que encarna al novio de esta historia – aparece llamando al personaje que interpreta Mercedes Alemán: su madre. Tan solo una pregunta ha bastado para que la madre comience a decir un discurso contra las armas:

Novio: “¿Dónde está?”

Madre: “¿Dónde está qué?”

Novio: “La navaja.”

En ese discurso, el odio se apodera de la lengua de Mercedes Alemán contra la armas y en especial, contra los Félix, una familia que acabó con la vida de su marido. Un escupitajo al nombrar a esa familia es una muestra de ello. El novio consigue hacerle cambiar de tema y comienzan a hablar sobre su prometida que, fuera de la ficción, recibiría el nombre de Francisca Cañada Morales. A pesar de mostrarse recelosa con la muchacha, ella acaba aceptando la boda. Su hijo se despide de ella y se va a trabajar. “Hijo. Ya eres mayor para que le des besos a tu madre. Dáselos a esa que va a ser tu mujer”. El tono molesto que usa la madre al mencionar a la novia, rompe con el silencio del público sin poder evitar reírse durante unos segundos.

La música realizada con los instrumentos de cuerda vuelve a aparecer y los tablones se mueven hasta recrear el decorado de otra casa. Una mujer entra al escenario con un bebé de juguete liado en mantas. Está cantando una nana para dormirlo. Una mujer embarazada se une al cántico mientras porta un canasto con ropa limpia. Se trata de la prima de la novia y de su madre. Detrás de los tablones, un foco ilumina a dos hombres tocando unas maracas para marcar el ritmo de la nana hasta que finaliza la canción. La madre de la prima se lleva al bebé y desaparece del escenario mientras entra Pedro Martínez que interpreta a Leonardo Félix, el marido de la mujer embarazada y tienen una fuerte discusión. La tensión comienza a palparse en el ambiente hasta tal punto que los espectadores empiezan a preguntarse si llegará a agredir a la actriz que interpreta a su esposa. La esposa del hombre menciona el casamiento de su prima y él, sorprendido por la noticia, se calma para dar su opinión sobre la boda. La angustia de su mujer se hace eco en la sala. Sabe que está enamorado de la novia. Sin embargo, Leonardo se muestra indiferente ante esa angustia y se va del escenario.

Los tablones vuelven a moverse y a dar vueltas como si estuviesen bailando mientras tratan de seguir el ritmo de la música. Los espectadores se encuentran en una tercera casa. Eduardo Martínez y Mercedes Alemán aparecen en el escenario con dos paquetes y se sientan en dos sillas cansados por la caminata. Tras una amarga charla, comienzan a hablar con el padre de la novia, al mismo tiempo que una criada robusta y avispada les sirve algo de beber y llama a la novia. Una chica tímida, de tez blanca y cabello oscuro entra al escenario. Un vestido blanco resalta su presencia entre las ropas negras de los consuegros. Se trata de una chica hermosa, fuerte y sana. Todo lo contrario a cómo era, en verdad, Francisca Cañada. Fea, huesuda y coja. Mercedes comienza a hacerle preguntas a María José Molina – actriz que interpreta a la novia – sobre el matrimonio y observa con detenimiento los rasgos de la chica. Las risas entre el público vuelven a aparecer cuando el padre compara a su hija con su esposa y la consuegra le dirige una mirada de preocupación ante ese comentario. Los consuegros y el novio abandonan el escenario. La boda ya es definitiva.

La oscuridad se cierne de nuevo sobre el escenario. La música reaparece, pero los tablones permanecen inmóviles. El técnico regula la luz de los focos para iluminar otra vez el escenario. Ha llegado el día de la boda. La criada comienza a peinar a la novia y trata de colocarle una corona de azahar sobre la cabeza que Mª José tirará con desprecio. Los convidados comienzan a llegar y la música empieza a hacerse eco en toda la sala. Es un ambiente nuevo: la alegría reina en todo el teatro. Los invitados comienzan a cantar felices. Durante esa canción, todos se callan, excepto un hombre que canta con una intensidad tan suave que hace que el espectador se sorprenda ante el cambio de ritmo. Es entonces cuando todos vuelven a cantar alegremente al unísono para llamar a la novia.

El teatro vuelve a oscurecerse. La música de instrumentos de cuerda vuelve a sonar y los tablones vuelven a girar sobre sí mismos. Una mesa se encuentra en medio del escenario con la criada preparando el trigo. Justo detrás de ella hay un baile donde un bailarín de flamenco está haciendo un zapateado al son de una guitarra. Es el banquete. La novia se ausenta y, detrás de ella, va Leonardo. Han huido. La madre del novio, enfadada, arremete contra su consuegro. En el discurso que hace Mercedes Alemán, el elemento omnipotente es la rabia. “¡Dos bandos! Tú con tuyo. Yo con el mío.” y un fuerte golpe en la mesa con las manos, pilla al público por sorpresa. Tanto, que algunos espectadores dan un pequeño salto de sus asientos. La madre del novio comienza a retroceder rabiosa y todo el teatro se sume en un absoluto silencio.

Tras subir el telón, los actores se dispusieron a presentar la obra de García Lorca.

Tras subir el telón, los actores se dispusieron a presentar la obra de García Lorca.

La música reaparece, pero está vez parece más agónica. Los tablones se desplazan hacia atrás y tres leñadores aparecen mientras cantan una canción en la que anuncian la muerte de dos personas e invocan a la luna. Esos leñadores (capaces de hacer recordar los coros de las antiguas tragedias griegas) comienzan a seguir a una actriz que encarna a la luna, mientras ella pasea por el escenario con pasos indecisos como si cada pisada pudiera provocarle una muerte lenta y dolorosa. El hombre encapuchado que había aparecido al principio vuelve a dar la cara. Es la muerte que ha sido invocada por el coro de leñadores. Juntos, aunque manteniendo las distancias, comienzan a planear la muerte de los amantes fugados. La luna se ausenta y la muerte acompaña al novio enfurecido al lugar donde se encuentran los amantes. Novio y amante se encuentran y se prepararan para asestar un navajazo mortífero. El público sigue con expectante atención la historia. Se acercan y – cuando parece que van a apuñalarse entre ellos – acuchillan a la muerte y ambos acaban desplomados en el suelo.

Los tablones se mueven hacia delante para volver a representar la casa de la madre del novio muerto. Allí están todos los personajes a excepción del padre de la novia. La muerte irrumpe en la casa disfrazada de anciana e informa del trágico suceso. Mercedes, dolida, espeta a su vecina: “Deja de llorar ¡Cállate!”. La novia irrumpe en la casa y pide su muerte a gritos, pero su suegra no está dispuesta a satisfacer ese deseo. “¿Qué me importa tu muerte?”, repite una y otra vez. “Ya vienen”, dice con gran pesar la viuda de Leonardo. Todas empiezan a llorar y Mercedes vuelve a mandar callar a las mujeres. Le preocupa las apariencias, pero el dolor por la muerte de su hijo rompe su máscara y vuelve a soltar un monólogo contra las armas. “¡Tan pequeña que cabe en mi propia mano! ¿Cómo es posible que una cosa tan pequeña pueda arrancar la carne de un hombre?”. La madre habla cada vez menos sosegada mientras que los difuntos protagonistas se acercan a las sillas donde se encuentran Mercedes y Mª José. La madre del novio ya no puede más y acaba derrumbándose en el suelo, consiguiendo arrancar una lágrima al público.

Un intenso y largo aplauso comienza a brotar de entre los espectadores. Eduardo Martínez ayuda a la actriz que encarna a la madre de su personaje a levantarse del suelo. Los actores se reagrupan en tres filas y comienzan a saludar a la gente que ha ido a verles actuar. La representación ficticia del crimen de Níjar ha terminado.